¿Parón en Ameriberia?

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Es cierto que desde enero de este año no he continuado con la serie de artículos “¿Es la “izquierda” en España antiespañola?” en este blog. Y la razón, o razones, son muy simples. Estoy dedicando la práctica totalidad de mi tiempo a la redacción de artículos académicos para revistas indexadas, porque de eso depende mi propia vida laboral. Pero aparte, los temas tratados en esa serie de artículos para este blog han sido tratados, ampliados y corregidos en una monografía en proceso de edición. No puedo contar más al respecto. Solo decir que no he estado inactivo. Simplemente, me he activado en otra dirección. Saludos.


¿Es la “izquierda” en España antiespañola? (III)

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En la primera entrega de esta serie de artículos analizamos las causas históricas, previa al nacimiento de las izquierdas políticas, que han provocado un sentimiento hispanófobo en buena parte de las mismas, y nos centramos en la asunción de la Leyenda Negra como causa fundamental a nivel histórico de la misma. Puede leerse aquí:

https://ameriberia.wordpress.com/2017/01/03/es-la-izquierda-en-espana-antiespanola-i/

En la segunda entrega nos centramos en distinguir, de manera conceptual, qué entendemos por izquierda política, distinguiendo izquierdas definidas (las que tienen un proyecto definido, fuerte, respecto del Estado) de las indefinidas (las que no lo tienen y se rigen por parámetros éticos, morales, socioculturales, filosóficos, etc.). También tratamos la relación de las izquierdas con el franquismo y el análisis que han hecho del mismo, advirtiendo de la necesidad de un análisis marxista del periodo de la dictadura de Franco, centrándonos sobre todo en el proceso de acumulación capitalista manu militari que supuso. Puede leerse aquí:

https://ameriberia.wordpress.com/2017/01/09/es-la-izquierda-en-espana-antiespanola-ii/

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En esta tercera entrega es obligado hablar de cómo se configuraron las izquierdas definidas en España, también las indefinidas, y de cómo se configuró la derecha política (dando una definición de la misma), distinguiendo las derechas alineadas con el Antiguo Régimen (las que defienden la unión de Trono y Altar) de las no alineadas (las que no defienden esa unidad, pero se rigen por parámetros ideológicos irracionalistas -en contra de la Razón, en contra incluso del materialismo- y/o particularistas -no universalistas, gnósticos o destinados a un espectro reducido de la población de un país o una parte muy reducida de la Humanidad-). Lo tratado en esta entrada ya fue previamente tratado, en el año 2012, en las siguientes entradas que están enlazadas en mi web principal:

“La Constitución de 1812: las izquierdas y las derechas” 
Comunicación defendida en las XV Jornadas de Filosofía de Castilla-La Mancha, organizadas por la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha, días 26 y 27 de octubre de 2012, bajo el rótulo “1812-2012, de la Hispanidad al Europeísmo: diferencias, paralelismos y continuidades”
(http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=pypFwSaFj_w;http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=vYzm6zYiTpk).
Publicada en la Revista El Catoblepas, nº 130, diciembre 2012, p. 11. (ISSN: 1579-3974) (http://nodulo.org/ec/2012/n130p11.htm;
http://eprints.ucm.es/17557/;
http://www.armesilla.org/2014/03/sobre-las-izquierdas-y-la-constitucion.html).

Si las izquierdas a escala universal, en sentido prístino, nacieron cuando se posicionó la izquierda jacobina, el género generador de todas las demás, la primera izquierda políticamente definida, en torno a la defenda de la nación política de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes frente a la monarquía absoluta de súbditos y elementos anatómicos desiguales entre sí (nobleza, clero, Tercer Estado), en el caso español, las izquierdas empezaron a tomar forma en torno al posicionamiento respecto de la revolución liberal que se dio durante la Guerra de la Independencia de 1808-1814 y la Constitución de Cádiz de 1812. En torno a ese acontecimiento, cuyos efectos se notan hasta hoy pues supone el hito contemporáneo más importante de la Historia contemporánea de España en tanto que marca la transformación de España de imperio católico universal a nación política “de ambos hemisferios”, y marca el devenir de todo el siglo XIX español e hispanoamericano, así como ejerce una influencia notoria en la reacción que contra la nación política española se empieza a desarrollar (reaccionarios absolutistas, carlistas -posteriormente reconvertidos muchos en separatistas vascos o catalanes-), hasta llegar incluso a la Guerra Civil Española de 1936-1939, el segundo acontecimiento contemporáneo más importante de la Historia de España.

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Tras 200 años de la Guerra de la Independencia y de la Constitución de Cádiz, y con unas celebraciones del Bicentenario que dejan mucho que desear, sobre todo entre las izquierdas, todavía, a mi juicio, el posicionamiento que se tenga respecto de ese acontecimiento, y en analogía con el nacimiento de la izquierda jacobina en Francia, marcará realmente si la posición que se tenga en España en el espectro ideológico sea de izquierdas o de derecha. Como ya tratamos esa cuestión en nuestro artículo en El Catoblepas, número 130, de diciembre de 2012, reproducimos aquí lo que dijimos entonces, pues ese texto es suficiente como para continuar con la serie de entradas que tienen que ver con esta cuestión:

La Constitución de 1812,
las izquierdas y las derechas

Santiago Javier Armesilla Conde

La influencia de la Constitución Política de la Monarquía Española de 1812 en las izquierdas definidas e indefinidas y en las derechas alineadas y no alineadas hasta el presente

Juan Gálvez, Sesión de las Cortes de Cádiz, 1812

Este estudio, defendido en las XV Jornadas de la Sociedad de Filosofía de Castilla-La Mancha (celebradas en Talavera de la Reina los días 26 y 27 de octubre de 2012, bajo el rótulo «1812-2012, De la Hispanidad al Europeísmo: diferencias, paralelismos y continuidades»), analiza la influencia político-histórica de la Constitución de Cádiz en las ideologías políticas de izquierdas y de derechas según la teoría filosófica que sobre las mismas ha desarrollado el filósofo español Gustavo Bueno en sus obras El mito de la izquierda{1} y El mito de la derecha{2}. Asimismo, se analiza, siguiendo la teoría de Bueno, la influencia de la Pepa en el presente en lo que queda de esas ideologías políticas.

La Constitución Política de la Monarquía Española, nombre oficial de la Constitución de Cádiz, la Pepa, proclamada como primera ley nacional española el 19 de marzo de 1812, celebra este año 2012 su doscientos aniversario. Un bicentenario que señala no ya solo la fecha de nacimiento en el calendario de España como nación política, entendida esta como Estado-Nación, como sujeto titular de la soberanía, como territorio donde la vida de la parte viva de la nación, el pueblo, ha de mantener el legado de los antepasados para darlo en herencia a los sucesores. Durante la Guerra de la Independencia de España de 1808-1814, la nación, entendida como «la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios» (Art. 1 de la Pepa), se levanta en armas no ya solo contra el invasor francés, sino que una parte de la misma, la que ayuda a elaborarla, delimita en ella un territorio de defensa frente a terceros y frente a adversarios y enemigos interiores (los afrancesados, los serviles, los movimientos independentistas hispanoamericanos aunque estos luego beban totalmente de la herencia que esta Constitución deja, junto a otras influencias), un territorio que no era más que la antigua Monarquía Hispánica (el Imperio Católico Español), que abarcaba millones de kilómetros y centenares de millones de súbditos del rey que pasarían, formalmente, a ser ciudadanos españoles. Es lo que Gustavo Bueno llamó en EMDLI holización, esto es, proceso político racionalista (relacionado con el Racionalismo Universalista, como característica genérica abstracta de toda izquierda política definida, contrario al burdo «progresismo»), en relación con la holización en Química que transforma totalidades heterogéneas en homogéneas, de aplicación política específica, en que la totalidad heterogénea de los individuos del Antiguo Régimen (los súbditos de la Monarquía, los esclavos, incluso los «bárbaros» internos al Estado), son transformados en la totalidad homogénea de ciudadanos iguales ante la Constitución, ante la nueva Ley suprema del Estado, la que lo define como nación política.

La trituración política, revolucionaria, del Antiguo Régimen español, a diferencia de otros procesos revolucionarios como el inglés de 1688 –que desemboca en el final de la soberanía regia en favor de la soberanía compartida entre el Rey y los integrantes de la Cámara de los Comunes–, el estadounidense de 1776 –que transforma las Trece Colonias británicas de la Costa Este norteamericana en un nuevo Estado federal, pasando sus habitantes de ser súbditos del Rey de Inglaterra a electores y electos, salvo las mujeres, los esclavos negros y los indios nativos norteamericanos, de las instituciones que detentarían la soberanía entonces, a saber, el Senado y la Cámara de Representantes, todo ello corregido tras sucesivas enmiendas cuyo estudio sería interesante siguiendo la teoría de Gustavo Bueno de la dialéctica de clases y de Estados{3}–, o el francés de 1789 –con el que teóricamente tendría más en común, pues aquí se transforma radicalmente, a nivel conjuntivo{4} sobre todo, el Estado absolutista francés del Antiguo Régimen en la Nación Política republicana y, posteriormente, en el Primer Imperio Francés de Napoleón I–, supone, mediante una guerra de liberación nacional cuyos efectos se prolongan durante todo el siglo XIX y del XX hasta hoy, el final de la Monarquía Católica Española Universal y sus características socioeconómicas semifeudales y mercantilistas, en la nación política española y, debido al efecto político universal de la misma, en la fragmentación de ésta en diversas naciones políticas en Europa, América, Asia y África, la Hispanidad{5}, que junto con las naciones políticas que surgen de la descomposición del Imperio colonial portugués conformarían la Plataforma Hispánica{6}. Una plataforma, con fricciones y acercamientos amistosos (como todas las plataformas en general{7}), en la que se relacionan Estados republicanos y monárquicos, unitarios y fragmentadores, democráticos homologados junto a otro tipo de democracias (populares como en Cuba, «participativas y protagónicas» como en Venezuela), más y menos desarrollados a nivel tecnológico, científico, &c. A diferencia de otros imperios universales con metrópoli europea, cuyo desarrollo y expansión fue posterior y seguido a la transformación de esos Estados europeos en naciones políticas, en monarquías más o menos electivas o en Reichs, el Imperio Español sufrió una transformación en este sentido inversa, es decir, de una unidad imperial universal ya constituida, intercontinental, hacia una comunidad de naciones políticas cuyas Cartas Magnas beben todas, con mayor o menor grado, de la holización revolucionaria de la Guerra de Independencia frente al francés.

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Una transformación de calado universal, revolucionaria, que tiene la característica esencial de ser, además, la transformación de una totalidad atributiva en sentido político (la Monarquía Católica Universal Hispánica) a otra totalidad también en sentido político, pero distributiva, de diversos Estados-Nación que comparten un pasado común, una religión mayoritaria común, una herencia filosófico-política común, y unas instituciones de toda clase (lingüísticas, musicales, culinarias, folclóricas, jurídicas, ceremoniales, filosóficas, ideológicas, políticas, tecnológicas, y un largo etcétera más). Este sinnúmero de instituciones compartidas comunes en esta totalidad distributiva de Estados-Nación en la Hispanidad, que producen, y a su vez son producto, de tomas de contacto continuas dentro, y también de manera ajena, a los campos económicos de cada sociedad política hispánica, relaciones de interacción, influencia, tanto si se dan de manera pacífica o polémica (dialéctica en definitiva), y desbordando el sentido político, hacen que esta totalidad atributiva transformada en totalidad distributiva de Estados hispánicos (o iberoamericanos) sea, a su vez, y, reiteramos, más allá de su sentido político (lo cual es de una importancia esencial para entender qué es la Hispanidad), una totalidad mixta o isomérica{8}. Y si la transformación revolucionaria de la Monarquía Hispánica Católica hacia el conjunto de naciones políticas iberoamericanas supuso, no ya desde su petardazo oficial el 19 de marzo de 1812, sino durante todo el siglo XIX en que se produjeron las sucesivas independencias, supuso un cambio en todas las capas y ramas del poder de cada una de las sociedades políticas derivadas de aquella Monarquía inicial; y si la Constitución de Cádiz influyó en la forma de administrar no ya solo las potestades del Monarca (Título IV de la Constitución de Cádiz), o las relaciones entre la Península Ibérica y América (Título VI), sino incluso del tributo (Título VII), del Ejército (Título VIII), o de la educación de los españoles (Título IX), por no hablar de la religión (Título II), o los tribunales de Justicia (Título V), influyendo de manera totalizadora en toda la Hispanidad, incluso más radicalmente que la Gran Revolución Francesa, dando con ello a naciones diversas dentro de una misma totalidad cuyas características desbordan el sentido político de sus elementos, ¿no habría que afirmar entonces que la Constitución de Cádiz fue producto de una auténtica revolución política que, en el campo hispanoamericano, desbordó, por sus consecuencias, y debido a las características institucionales propias del Imperio Español, las categorías políticas, con vigencia efectiva en el día de hoy, aún en sentido polémico?

Lo que está claro es que la Revolución Española, la primera guerra española de liberación nacional (la segunda sería, por parte republicana, la Guerra Civil española, pues así lo tomó el bando afecto al Frente Popular frente a las injerencias nazifascistas de Alemania e Italia) de 1808-1814, supone, desde la perspectiva de España, el punto de arranque histórico de análisis para analizar el devenir, quehacer y porvenir (si cabe alguno) de las ideologías políticas que en España (y por extensión en otras naciones iberoamericanas, aunque su estudio sistemático desborda este breve escrito, y requiero una mayor profundización, lo que hace todo esto aún más complejo) se han conformado, tanto a nivel definido (esto es, con un proyecto político claro respecto al Estado como forma de organización de una sociedad humana compleja, la sociedad política) como indefinido (sin definición ante o frente al Estado); tanto a nivel alineado (esto es, alineado con las instituciones que fueron revisadas por la Constitución de Cádiz durante el convulso proceso histórico que llevó a su redacción) como no alineado (es decir, como aparte de esas mismas instituciones, si acaso parcialmente). Seguimos en este análisis los libros EMDLI y EMDLD (complemento y continuación del anterior) del filósofo español Gustavo Bueno. Luego nuestro análisis se realizará desde las coordenadas del materialismo filosófico, sistema del que Bueno es autor. Y ello, sin prejuicio de reconocer que estas mismas ideologías políticas tratadas por Bueno en estas dos obras se generarían a partir de un acontecimiento anterior a la Guerra de Independencia española y a la promulgación de la Pepa, como es la proclamación del Tercer Estado francés como Asamblea Nacional de Francia en 1789, la redacción de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y la toma de la Bastilla en París ese mismo año: el inicio de la Revolución Francesa y, con ella, el nacimiento de la izquierda radical jacobina, los defensores de la Nación Política, y la derecha tradicional o reaccionaria, partidarios del Antiguo Régimen. Dialéctica y lucha a muerte entre ambos bandos que impactó en la política española e hispanoamericana, con mayor contundencia si cabe con la invasión napoleónica de la Península Ibérica en 1808. Por lo tanto, nuestro análisis partirá del análisis, en primer lugar, del posicionamiento e influencia que sobre, y ante la Constitución de Cádiz tuvo la izquierda afrancesada española, por una parte, y por otra, la derecha servil española. Por motivos de exposición y espacio, este análisis será breve y esquemático.

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La primera generación de las izquierdas políticamente definidas, la izquierda radical o jacobina, género generador de las demás, en España, correspondería a los afrancesados. Su posicionamiento ante la Constitución de 1812 se establecería no solo en materia colaboracionista con el invasor francés en algunos casos (la línea bonapartista de la izquierda jacobina), sino sobre todo en el intento de «modernización» de España siguiendo ideales ilustrados, plasmados antes de en la Constitución de Cádiz en el Estatuto de Bayona de 1809, fórmula conjuntiva que seguía un modelo de representación orgánica (nobleza, Iglesia y «pueblo» –el «Tercer Estado» español–). Aunque los afrancesados seguían las líneas jurídico-políticas establecidas por la carta otorgada de Bayona, no podía ser calificados como antiespañoles. No ya solo porque el 2 de agosto de 1808 presentaron una carta al rey José Bonaparte pidiendo que su hermano no anexara a Francia las regiones del norte de España (principalmente Cataluña y Vascongadas, la España al norte del Ebro). Sino porque buena parte de ellos, horrorizados ante los efectos bélicos sobre sus compatriotas de la invasión francesa, acabaron defendiendo y abrazando los ideales de la Constitución de Cádiz, como es el caso de Goya, autor de una alegoría pictórica de la Pepa{9}. La desaparición del jacobinismo como izquierda políticamente definida no impidió la supervivencia de muchos de sus postulados ideológicos no ya solo en Francia, sino en cierta parte de las izquierdas españolas. Aún así, a día de hoy, el afrancesamiento de buena parte de estas izquierdas, particularmente de la socialdemocracia degenerada actual, es más una apología de la ideología ilustrada mezclada con Leyenda Negra antiespañola y autodesprecio por la existencia histórica de España.

 

Su contestación política directa, esto es, la derecha tradicional reaccionaria o primaria, quería, como dijimos, «volver a 1788», esto es, la unión de Trono y Altar, el mantenimiento de la apropiación «originaria», anterior a la holización revolucionaria jacobina y patriota: el mantenimiento del Antiguo Régimen, de la servidumbre y de la soberanía divina. Si bien en Francia la reacción, la primera modulación de la derecha se enfrenta a la revolución en sentido específico (la Revolución Francesa seguida del Imperio Napoleónico) y también en su sentido genérico (la condena papal a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; el enfrentamiento absoluto con la Ilustración –no entramos aquí en los fundamentos de ese enfrentamiento–), en España los serviles, los defensores de las «caenas», se enfrentarán no solo a Napoleón y la Ilustración, sino también al liberalismo y a la Constitución de Cádiz. Es decir, la reacción española (así como la francesa) se enfrentó tanto a la soberanía del Género Humano de la Ilustración como a la soberanía de la nación española de ambos hemisferios, tratando de mantener la soberanía divina y las tradicionales leyes absolutistas y semifeudales. La desaparición en la actualidad de esta ideología política reaccionaria no ha impedido, al igual que con el jacobinismo, que muchos de sus postulados sobrevinieran en otras ideologías, tanto a lo largo del siglo XIX (carlismo, el tradicionalismo monárquico) como en el XX (los requetés carlistas en la Guerra Civil) y el XXI, si bien en otras modulaciones confusamente clasificadas hoy día como derecha o izquierda, como después veremos.

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El liberalismo, ideología política de origen netamente español y católico, era en origen, y siguiendo la teoría del materialismo filosófico sobre las izquierdas y las derechas políticas, tanto de izquierda como de derecha, en tanto que al tiempo que negaba la soberanía de Dios y del Rey como «elegido» para reinar por aquel, y afirmaba la soberanía de la nación, defendía también al Altar, a la Iglesia Católica, como depositaria de la única religión verdadera de la nación (Artículo 12 de la Constitución de Cádiz). El liberalismo sería el motor ideológico de la práctica totalidad de las constituciones políticas españolas herederas de la de Cádiz en el siglo XIX (unas más fieles al texto original, otras más exaltadas, unas monárquicas y otras republicanas) y en el XX, incluida la actual Constitución Española de 1978. Así como también sería la ideología que envuelve la práctica totalidad de las constituciones de las naciones políticas iberoamericanas existentes. Hoy día, el liberalismo no es una ideología homogénea, sino un nombre genérico para englobar multitud de corrientes distintas enfrentadas también entre sí incluso de manera radical. Si bien, y por influencia extranjera (anglosajona o austriaca), ser liberal hoy día, en algunas corrientes (neoliberalismo, anarco-liberalismo) rayanas con el individualismo más radical, y que van más allá de un simple liberalismo económico, sino que suponen una cosmovisión ética-etológica, económica y política del Mundo, ven la Constitución de Cádiz como un ejemplo de socialismo o de constitución no democrática, por su supuesto intervencionismo económico y su negativa del individuo. Sin negar su patriotismo, buena parte de los (auto)denominados liberales españoles actuales no hacen sino una defensa poco rigurosa a nuestro juicio del legado constitucional de sus supuestos padres ideológicos.

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El anarquismo, en cualquiera de sus vertientes, tanto en el siglo XIX como en el XX y hasta hoy día, debido a que se define frente al Estado en sentido negativo, para eliminarlo «de un plumazo» para establecer el comunismo libertario, la autogestión de la economía y la libertad y la igualdad absolutas, no puede menos que atacar directamente a la Constitución de Cádiz por ser una pretendida imposición del régimen vigente. Un anarquismo coherente tratará de destruir toda Constitución escrita pues supondría una superestructura jurídica intolerable que evita la transformación libertaria de la sociedad. El anarquismo español actual, además, apenas trata el tema bicentenario constitucional, y debido a la viscosidad de sus presupuestos ideológicos y filosóficos de origen (la Ciudad de Dios de San Agustín), no puede evitar mezclarse absurdamente con ideologías de izquierdas o de derechas con las que no tiene, en esencia, mucho o nada en común (el citado anarco-liberalismo, el anarco-comunismo, el nacional-anarquismo, diversos grupos anarquistas que al mismo tiempo son nacionalistas étnicos catalanes o vascos, &c.).

La tendencia a considerar toda institución constitucional como superestructural seguirá presente en las izquierdas definidas influidas por el marxismo, sobre todo en las dos que más influencia han tenido en España: la socialdemócrata y la comunista. El maoísmo apenas tuvo presencia real en la historia española. Aunque existen dos grupos de influencia maoísta en España que tiene comportamientos diversos ante el legado de la Pepa: por una parte, la del PCE(r), brazo político del GRAPO, que, debido a su cercanía a posturas proetarras, consideraban a la Constitución de Cádiz una superestructura pseudofascista opresora del proletariado y las nacionalidades ibéricas; por otra, la UCE, grupo maoísta supuestamente españolista que, si bien trata de recuperar el discurso patriótico ordinario del PCE comunista durante la Guerra Civil, al defender el metafísico derecho de autodeterminación, a pesar de su total oposición a ETA y al «nacionalismo excluyente», no puede salir del magma viscoso del universalismo cripto-neokantiano que envuelve al comunismo marxista. Y dicho esto sin negar los elementos anti-ilustrados que el propio Marx sin duda tenía, aunque esto da para otro desarrollo ensayístico.

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La socialdemocracia española, en sus inicios patriota y, como el comunismo, también levantada frente a Franco y la ayuda que éste recibió de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini en una calificada «guerra de liberación nacional», hoy día reivindica por parte de su institución política más representativa, el PSOE, el bicentenario gaditano más por intereses geoestratégicos para con Iberoamérica que por verdaderos motivos patrióticos. Algo que está unido al tratamiento, típico en la socialdemocracia, de las cuestiones patrióticas españolas bien con desdén, odio (por ser algo «fascista»), bien con frivolidad{10}. El cuanto al comunismo, fue en la Guerra Civil y en la postguerra anterior a los planes de reconversión franquistas (con la Unión Nacional Española o maquis), cuando su defensa del legado de la Constitución de 1812 fue más explícito. Si bien, y debido a las propias contradicciones ya señaladas en el seno de la filosofía marxista que alimenta al comunismo leninista, y todo ello unido a la caída de la Unión Soviética en 1989-1991, los restos del comunismo español oscilan entre el desdén socialdemócrata y el odio ideológico proetarra, o incluso de afrancesamiento ilustrado{11}.

El proyecto socialista de la derecha, iniciado en España por Maura, seguido por Primo de Rivera y, después, por Franco, constituye la respuesta que dan aquellos que, sin separarse de la unión de Trono y Altar en un régimen político, dan una respuesta económico-política a la socialdemocracia primero y al comunismo después, para evitar precisamente el triunfo social de estas ideologías políticas. La derecha socialista (no confundir con el socialismo de derechas) mantiene los derechos dinásticos monárquicos y la hegemonía clerical en la sociedad política, si bien también desarrolla planes y programas de mejora de las condiciones sociales de las capas más desfavorecidas (pensiones, sanidad gratuita, vivienda a precios bajos para los trabajadores, educación gratuita y universal –no entramos aquí en los contenidos ideológicos de esta educación–, pagas extraordinarias de Navidad a los obreros, &c.). La derecha socialista sigue el ejemplo político del Segundo Reich alemán frente al avance del movimiento obrero en Alemania, y la Doctrina Social de la Iglesia como teoría socioeconómica que sirva de lubricante ideológico de muchos de estos regímenes (aunque se mezclara con otros postulados ideológicos, como el nacionalsindicalismo español, aunque estaría por estudiar si José Antonio Primo de Rivera es encuadrable en la derecha socialista o en la derecha no alineada de corte fascistoide). Para no extendernos, nos centraremos en el franquismo. Las Leyes Fundamentales del Reino, las ocho leyes que organizaron los poderes del Estado español franquista, y de las que en buena medida bebe nuestra actual Constitución de 1978, si bien reconocían como la Constitución de 1812 a la religión católica como la oficial del Estado, y seguían haciendo referencia a España como un Estado monárquico hereditario, la soberanía ya no residiría en la nación, sino en el «pueblo español» a través de órganos de representación (familia, municipio y sindicato), teniendo así más en común con el Estatuto de Bayona que con la Pepa. Además, tenían numerosas influencias extranjeras (de la Constitución Portuguesa de 1833, el corporativismo mussoliniano (que en Italia se entremezclaba con el Estatuto Albertino de 1848, vigente en Italia hasta 1947), e incluso de la Constitución Francesa de 1958, vigente en la actualidad. Las reivindicaciones de la Guerra de la Independencia de 1808-1814 en el franquismo, además, estaban más orientadas a la salvación de la fe y la patria frente al invasor ateo, materialista y masón francés que a glosar las supuestas virtudes de la Constitución liberal de Cádiz.

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En cuanto a las izquierdas indefinidas, sin proyecto político claro ante el Estado (extravagante –ONGs–, divagante –intelectuales éticos de izquierdas–, y fundamentalista –un cruce de las dos anteriores, multicultural, ecologista y espiritual–), la Constitución de Cádiz no es en absoluto tema recurrente, si acaso la izquierda fundamentalista la condena por su represión de las culturas étnicas en América (indígenas) o en la misma España (Cataluña, Vascongadas, &c.). Algo que las acerca a los postulados que sobre la Constitución de Cádiz tienen las derechas no alineadas en España, esto es, no alineadas con el proceso de transformación del Antiguo Régimen, pero sí refractarias a características propias de las izquierdas políticas definidas, tanto genéricas como el Racionalismo Universalista, como específicas, como la racionalización revolucionaria por holización. Se distinguiría en estas derechas no alineadas dos tipos: las internas a un Estado-Nación y las externas, o extravagantes, ante ese mismo Estado-Nación. Estas últimas, representadas sobre todo en el indigenismo más excluyente o en el secesionismo neofeudalista{12} de ETA, PNV, ERC o CiU entre otras sectas facciosas, por cuestiones evidentes, son contrarias a la Constitución de Cádiz por su carácter patriota español, hispanista y, también, liberal. Por su parte, las derechas internas a la nación española, que al mismo tiempo no están alineadas con la transformación o adaptación histórica dialéctica del Antiguo Régimen frente a las izquierdas políticas definidas, serían sobre todo el nacionalsindicalismo y el actual neofascismo, el cual, debido a su carácter religioso neopagano o laico, a su racismo implícito o explícito y a su europeísmo son totalmente hostiles a la Constitución de 1812 y su legado teórico-político. En cuanto al nacionalsindicalismo, la derecha no alineada interna al Estado más propiamente española, si bien recientemente han defendido en algunos de sus ambientes ideológicos el Manifiesto de los Persas frente a la Pepa{13} (texto histórico que representa ideológicamente muy bien a la derecha primaria española de comienzos del siglo XIX), históricamente, por su catolicismo y su defensa de España y la Hispanidad, si bien dentro de un modelo hispanocéntrico, según el cual España hizo a América más que América a España, en el que la fe católica tendría preponderancia sobre muchas otras consideraciones ideológicas{14}, alejarían al nacionalsindicalismo y a las diversas Falanges que en el Mundo han sido de la ideología liberal de las Cortes constituyentes gaditanas. Y si bien estas cortes pecaron de cierto hispanocentrismo en la composición de las mismas y en la forma en que se configuraron los poderes políticos españoles en la América primero-decimonónica, la metafísica «unidad de destino en lo universal» del nacionalsindicalismo poco tiene que ver con las influencias ilustradas y católicas que confluyeron en la Constitución de Cádiz. Si bien Ramiro Ledesma, uno de los fundadores del nacionalsindicalismo, y dejando aparte otras consideraciones sobre su persona o sus ideas, fue de los primeros en darse cuenta de que no podía entenderse la historia de España sin hacer mención a su pasado imperial y católico.

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En todo caso, la conclusión es clara: salvo el liberalismo en sus inicios y por motivos históricos obvios, ninguna ideología política de las mencionadas en este escrito se ha identificado totalmente con la nematología de la Constitución de Cádiz ni con los hechos históricos que a través de esta nematología se pueden tratar. Otras lo han hecho parcialmente, como el nacionalsindicalismo, la socialdemocracia o el comunismo. Y otras se han opuesto frontalmente a la misma, como el neofeudalismo secesionista, el anarquismo o la derecha primaria. En el presente, y teniendo en cuenta estas mimbres, ninguna institución política heredera de estas ideologías, ni siquiera las liberales, asumen el legado político revolucionario de la Constitución de Cádiz. A nuestro juicio, y resumiendo mucho, por cuestiones protocolarias de las Jornadas a las que va dirigida esta comunicación, diremos que el legado de la Constitución de Cádiz solo podrá ser asumido en el presente, y en el futuro a corto-medio plazo, por instituciones políticas cuya nematología, al tiempo que heredera de la liberal-revolucionaria doceañista, asuman el modelo IV de Luis Carlos Martín Jiménez: «la identidad de América depende de España y la identidad de España depende de América»{15}.

Notas

{1} Gustavo Bueno, El mito de la izquierda: las izquierdas y la derecha, Zeta, Barcelona 2006.

{2} Gustavo Bueno, El mito de la derecha: ¿Qué significa ser de derechas en la España actual, Temas de Hoy, Madrid 2008. Para distinguir ambas obras en las notas posteriores, simplificaremos la primera como EMDLI y la segunda como EMDLD.

{3} Gustavo Bueno, «Dialéctica de clases y dialéctica de Estados», El Basilisco, nº 30, 2001, pp. 83-90.

{4} Ver capas y ramas del poder político en Gustavo Bueno, Primer ensayo sobre las categorías de las «Ciencias Políticas», Biblioteca Riojana, Logroño 1991, p. 324 y ss.

{5} Pedro Ínsua, Hermes católico, ante los bicentenarios de la emancipación de las naciones hispanoamericanas, Pentalfa, Oviedo 2012.

{6} Santiago Armesilla, «Las plataformas continentales», El Catoblepas, nº 75, mayo 2008, p. 14.

{7} Ver nota anterior.

{8} Pelayo García Sierra, Diccionario filosófico: manual de materialismo filosófico, Biblioteca Filosófica en Español, Oviedo 2000, entrada 24. (Ver en línea: filosofia.org/filomat/df024.htm ).

{9} Juan Francisco Esteban Lorente, «La Constitución Española de 1812 en Goya», Anales de Historia del Arte, Volumen Extraordinario, Junta de Andalucía 2008, pp. 365-374.

{10} Para muestra, esta noticia aparecida en la propia web del PSOE, fechada el 23 de marzo de 2012: «El Secretario General, Alfredo Pérez Rubalcaba, se suma a la campaña «Un tuit por la Pepa» para recordar el Bicentenario de la Constitución de 1812 puesta en marcha por Acción Cultural Española, y ha tuiteado esta mañana desde su twitter @Rubalcaba su artículo preferido, el 371, sobre libertad de prensa: Título 9: De la instrucción pública. Capítulo único. Artículo 371. Todos los españoles tienen libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión, o aprobación alguna anterior a la publicación, bajo las restricciones, y responsabilidad que establezcan las leyes.»

{11} Léase el artículo de Julio Anguita, «Hablemos de ‘La Pepa’ con rigor», aparecido en el diario Público, del 19 de marzo de 2012, y su valoración positiva del lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad» y de la constitución republicana francesa de 1793 frente a La Pepa.

{12} Santiago Armesilla, «El neofeudalismo», El Catoblepas, nº 72, febrero 2008, p. 12.

{13} Como se afirma en el artículo «Constitución de Cádiz: nada que celebrar», de la web joseantoniana Hispaniainfo, de fecha 10 de marzo de 2012. El «nada que celebrar» también es expresión utilizada por las derechas extravagantes y las izquierdas fundamentalistas que, al unísono, condenan, imbuidos de Leyenda Negra, el aniversario o centenario del descubrimiento de América por parte de España en 1492.

{14} Ver el artículo de Luis Carlos Martín Jiménez, «América: fenómeno y realidad», El Catoblepas, nº 110, abril 2011, p. 9. También las dos lecciones del propio Martín Jiménez en la Escuela de Filosofía de Oviedo, América: fenómeno y realidad, impartidas en el Salón de Actos de la Fundación Gustavo Bueno en su sede de Oviedo, los días 28 y 29 de noviembre de 2011. Todo ello, desarrollos del artículo de Gustavo Bueno, «España y América», Catauro, La Habana 2001.

{15} Ver nota anterior.


¿Es la “izquierda” en España antiespañola? (II)

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En la entrada introductoria anterior (https://ameriberia.wordpress.com/2017/01/03/es-la-izquierda-en-espana-antiespanola-i/) comentamos cómo la Historia de España, y la Historia de todas las sociedades políticas en general -el conjunto de la Historia universal-, no puede entenderse partiendo de cero. Pues las líneas históricas que vienen del pretérito, siendo algunas más lejanas en el tiempo y otras no tanto, siguen influyéndonos a los vivos, a los que actuamos en el aquí y ahora, sin que podamos hacer nada para evitarlo. En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx afirmaba que “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Sin embargo, la pesadilla para los vivos no tiene por qué entendere como algo negativo para esos hombres vivos tan válidos, tan dinámicos, tan ética y moralmente superiores a los que antaño hicieron cosas en el mundo. Más bien, en muchas ocasiones, la pesadilla para los vivos será pensar que los hombres del pasado hicieron cosas que, a pesar de los vivos, han alcanzado tal magnitud histórica que, por mucho que se empeñen los vivos en fastidiarlas, las líneas que aquellos empezaron continuarán en el porvenir.

Pero si por algo se caracteriza la actual “izquierda” española (aunque no solo ella) es por su desprecio al pasado, convertido en España, básicamente, en Hispanofobia. Pues salvando en algunos casos la Transición (los más liberales o socialdemócratas, más propensos a defender el actual Régimen de 1978), en la mayoría de los casos el único pasado a reivindicar por estas “izquierdas” es la Segunda República, pues en muchas ocasiones de la Primera ni se acuerdan. ¿Por qué lo hacen? Porque la Segunda República fue un régimen legítimo abortado por un golpe de Estado fascista que trajo una larga dictadura, la cual, confirma las sospechas que la Leyenda Negra, mencionada en la entrada anterior, ya hacía a algunos intuir: que España es sinónimo de fracaso, de analfabetismo, pandereta, fanatismo católico y atraso socioeconómico. El breve periodo de luz que la Segunda República supuso, para estas “izquierdas”, fue un intento de revertir el sino de España, asociado a la Leyenda Negra, y por tanto la ecualización España = Franco, no es más que la Leyenda Negra de siempre adaptada a los últimos 80 años de nuestra Historia como nación, y defendida por la “izquierda”.

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¿Es esa asociación real? No, en tanto que presenta dos problemas. El primero, que no se ha realizado, todavía, un estudio marxista (quizás porque es imposible hoy por hoy, algo que explicaremos en la entrada IV referente a este tema) de lo que el franquismo supuso en España, más allá de un análisis de la represión política, el intento de genocidio que Franco quiso realizar para extirpar el “gen rojo” de la sociedad política española, la autarquía económica y la continuación, transición mediante, de los estamentos del poder político franquista en los poderes judicial, diplomático y militar, entre otros, hasta la actualidad. De eso hay que hablar, sin duda, y defender su cambio y su transformación radical. Como también hay que hablar del hecho lamentable de que España es, tras Camboya, la segunda nación del mundo con más fosas comunes extendidas por nuestro territorio llenas de cadáveres sin identificar, algunos sin reclamar y, lo más grave, sin restaurar en su dignidad, una vez asesinados, y en la de sus familiares a todos aquellos que, en el bando republicano durante la Guerra Civil y después durante la dictadura, dieron, sí, su vida por España. Más allá de todo ello no hay estudios serios sobre el proceso de acumulación capitalista, manu militari a lo prusiano, que el franquismo realizó para transformar un país devastado por la Guerra entre españoles que la asoló entre 1936 y 1939, en una de las 15 mayores potencias industriales del planeta poco antes del deceso del dictador, lo que permitió poner las bases en España de la inserción de su economía en el sistema-mundo capitalista como economía céntrica, parte de las naciones europeas con Estado de bienestar, lo que también supuso la transformación de parte de la clase obrera española en lo que los sociólogos dieron en llamar “clase media”. El franquismo puso las bases para la España de la democracia coronada, y sin el salto adelante de su acumulación capitalista autoritaria, no se habría llegado a la economía capitalista democrática posterior. Esto no supone una defensa de aquel régimen, sino una descripción de un proceso económico que permitió asentar a la Gran Burguesía española en una posición más fuerte, a nivel interno, que antes de la dictadura. Posición que conserva hasta hoy, tanto en Madrid como en Barcelona, Bilbao y otras ciudades. La economía española, sin embargo, y a pesar de la pujanza de sus empresas a escala transnacional, ha perdido su categorización de economía céntrica para pasar, en el siglo XXI, a ser semiperiférica. Pero esto es asunto para otra entrada y otro tema.

El segundo problema es que la “izquierda”, al seguir defendiendo la Leyenda Negra en su versión reduccionista de España = Franco, no se dan cuenta, pero acaban siendo criptofranquistas a su pesar. ¿Por qué? Porque el dictador, que han tildado en muchas ocasiones de incompetente a nivel político, consiguió realizar ese proceso de acumulación capitalista antedicho al tiempo que consiguió convertir a España en un, por ahora, seguro aliado del Imperio Estadounidense. Porque el dictador, al que tildaron de incompetente militar, consiguió vencer en la Guerra Civil aliando facciones golpisas que no pegaban ni con cola desdibujando sus perfiles (falangistas, carlistas, monárquicos alfonsinos, ultraconservadores, etc.), e instaurar una dictadura que duró hasta su muerte en la cama. Y porque al dictador, al que asocian con la imagen de España que ellos tienen, no le costó, mucho merced a su victoria bélica, el asociar la idea de España y su Historia (Hispania Romana, visigodos, Reconquista, Imperio e incluso la Guerra Civil) a su persona, con tal éxito que, una vez muerto, se ha llevado la idea de España a su tumba, en el Valle de los Caídos, y ahí sigue enterrado con ella “atada y bien atada” a su férrea mano dictatorial. La petición de demolición del Valle no es más que una continuación del fracaso político que esta “izquierda” supone para sí misma y para la nación que no saben hacer suya. Pues con su actitud, y sin saberlo, convierten a Franco en un inmerecido coloso histórico mucho más importante en el conjunto de la Historia española de lo que en realidad fue. El criptofranquismo antifranquista de la “izquierda” consiste, pues, en seguir brindando a Franco su mayor victoria, que no fue militar, ni económica. La gran victoria de Franco, de la que sale vencedor como el Cid ya muerto y tras más de 40 años de su final biológico, es que la “izquierda” en España siga identificando a la nación española con su persona.

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¿Merecería, por tanto, tal “izquierda” de tal nombre, esto es, de ser verdadera izquierda? Gustavo Bueno, en su obra maestra de 2002 El mito de la izquierda, afirmó que la “izquierda” como tal, en sentido unívoco, singular, es un mito oscuro y confuso que emborrona, que no permite ver, que no hay “izquierda”, sino izquierdas. Y que estas, debido a su constitución ontológica, gnoseológica (empírica, tecnológica, científica) y antropológico-histórica, son incompatibles entre sí, incluso a muerte. Cabe hablar, por tanto, para Bueno, de izquierdas en plural. ¿Pero qué tienen en común las izquierdas entre sí para identificarlas como tales?

Para Bueno, las características comunes existen tanto por una negación como por una afirmación. La negación es la negación del Antiguo Régimen, esto es, las sociedades políticas históricas hasta la Revolución Francesa. La negación de la unión de Trono y Altar, de la monarquía feudal y/o absoluta y del pensamiento religioso tomado por oscuro (aunque dentro de cada religión haya, en muchos casos, más elementos de racionalismo que en el pensamiento Ilustrado, al que tampoco hay que tirar a la basura en absoluto), convierte a dicho Antiguo Régimen en la derecha en el momento en que, en la Asamblea Francesa revolucionaria, a la derecha de la misma se sientan los partidarios de mantener los privilegios absolutistas y la unión de Trono y Altar, y a la izquierda los partidarios de abolirlos y de separar Iglesia y Estado en la cabeza de este último. Las izquierdas, por tanto, nacen por negación del Antiguo Régimen y de sus elementos superestructurales, si bien lo hacen aprovechando lo que ese Antiguo Régimen ha generado para, apoyándose en ello, transformarlo.

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La afirmación de las izquierdas consistirá, según Bueno, en que cualquier individuo, siempre que no sea un debil mental, tiene capacidad para conocer cualquier tipo de verdad. Y las verdades, en la época de la Ilustración, están asociadas a las nuevas ciencias categorialmente cerradas que empiezan en aquellos años (Química, Física, Biología, Astronomía, Mecánica, etc.). De aquí parte la característica genérica de todas las izquierdas: el racionalismo universalista. Esto quiere decir que las izquierdas fuertes, definidas, han de ser racionalistas, nunca irracionalistas, y universalistas, nunca particularistas. Es decir, la Razón puede, y debe, llegar a todos los hombres y mujeres, sin distinción alguna de raza, origen, destino o circunstancia.

Esta característica genérica del racionalismo universalista, o raciouniversalismo, se plasma específicamente en lo que Gustavo Bueno llamó racionalización revolucionaria por holización. La enciclopedia online Symploké define holización así:

Procedimiento racional en la preparación de determinados campos investigados por las ciencias positivas (Teoría cinética de los gases, Química clásica, Teoría celular, etc.), orientado a transformar aquellos campos, dados a la experiencia como totalidades heterogéneas, en totalidades homogéneas. La holización no solamente designa el paso del todo a esas partes homogéneas (holización analítica o negativa), sino también la reconstrucción del campo de partida desde las partes homogéneas que se han obtenido (holización sintética). Por consiguiente, el campo que se reconstruye debe darse como presupuesto por dialelo gnoseológico. La holización aplicada al campo de la sociedad política permite analizar la transformación de la sociedad política del Antiguo Régimen en una Nación política compuesta de individuos iguales entre sí.

El racionalismo científico influyó de manera necesaria y fundamental para el nacimiento de las izquierdas, sobre todo de la izquierda prístina, el género generador de todas las demás, que fue la izquierda radical jacobina de la Revolución Francesa, hoy demonizada por “izquierdistas” (en sentido leninista) y también por “derechistas” (neoliberales, ultraconservadores, neotradicionalistas, neofascistas, etc.). El Estado absolutista, cuya organización social era anatómica, esto es, dividida en partes anatómicas o estamentos, clases sociales privilegiadas y clases sociales serviles, fue holizado por los jacobinos, transformando la sociedad política anatómica francesa en sociedad política atómica. Los estamentos dejaron de ser partes formales del Estado, y el “Tercer Estado” (campesinado, proletariado, asalariados libres y, sobre todo y por encima de ellos dominándolos hasta hoy día, la Burguesía), se convirtió en la raíz, cuerpo y curso del nuevo Estado nacido tras la racionalización revolucionaria por holización sintética que se realizó. Esta holización sintética de las izquierdas supuso la aplicación específica del raciouniversalismo genérico, y permitió transformar a los súbditos en ciudadanos, y por tanto, a la monarquía en Nación Política. Una nación que, siguiendo ese proyecto raciouniversalista, trató de expandir a escala universal su holización revolucionaria, con sus altibajos y limitaciones, tanto a nivel declarativo (Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789) como militar imperial, mediante lo que Gustavo Bueno ha denominado imperialismo generador, que trataremos en el futuro. Este imperialismo generador de izquierda revolucionaria tuvo su máximo exponente en Napoleón Bonaparte y en las guerras que protagonizó, pero también antes, en la famosa Batalla de Valmy, en 1792, en la que el Ejército francés, tras derrotar a Prusia y Austria, en vez de gritar el tradicional “¡Viva el Rey!” con el que conmemoraba sus victorias, gritó “¡Viva la nación!”. Este momento fue presenciado por, entre otros, el libertador bolivariano Francisco de Miranda, que fue parte del Ejército revolucionario al mando del general Dumouriez. Y también por el filósofo de la Ciudad Imperial Libre de Francfort del Meno, Johann Wolfgang von Goethe, quien vio in situ el pronunciamiento del grito “¡Viva la nación!”, afirmando entonces que comenzaba una nueva época en la Historia de la Humanidad.

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Así pues, la primera de las izquierdas políticamente definidas, la jacobina, había nacido y ya estaba actuando. Bueno distingue las izquierdas políticamente definidas de las izquierdas indefinidas. Las definidas, de las que la jacobina es su género generador y prístino como ya dije, se caracterizan porque se definen frente al Antiguo Régimen, y por tanto, frente al Estado absolutista, y al Estado en general. Es decir, su definición es política, fuerte, y lo es frente al pilar fundamental de la Historia humanda y, por tanto, frente al elemento esencial que permite que exista la vida política: el Estado. Y es desde el Estado desde el cual proyecta una izquierda definida su proyecto raciouniversalista particular, siendo el proyecto jacobino el de la nación política, los derechos y deberes universales y la extensión mundial de las luces de la Ilustración frente al Antiguo Régimen y la Unión de Trono y Altar. Y los jacobinos lo hicieron primero bajo el paraguas de una monarquía constitucional, luego el de una República Unitaria y Centralista y, más tarde, mediante un Imperio Generador, el napoleónico, continuador de la República. Las izquierdas subsiguientes tendrían sus propios proyectos políticos enfrentados no solo al Antiguo Régimen, a la derecha, sino también a otras izquierdas. Por su parte, las izquierdas indefinidas serían aquellas que, identíficándose a sí mismas como izquierdas, y asociándose más o menos a las definidas, no se definen en base al Estado, esto es, no se definen respecto a elementos políticos, sino en torno a criterios éticos, morales, culturales, subculturales o de modas artísticas, vanguardias estéticas y/o sociológicas (tribus urbanas, etc.). Habría tres tipos de izquierdas indefinidas: la izquierda extravagante, propia de ONGs y de los llamados “movimientos sociales” (15M, Democracia Real Ya, indignados, Occupy Wall Street, etc.); la izquierda divagante, la de intelectuales y artistas que plasman sus ideas en sus obras o, conjuntamente, como “abajofirmantes” en manifiestos varios; y la izquierda fundamentalista, una mezcla de las dos anteriores que se caracteriza por su escatología, su agnosticismo religioso, su defensa de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 como texto político fundamental del presente y, casi, de la Historia, y su autoconsideración como “verdadera izquierda” al tiempo que es abierta, líquida (como diría el fallecido Zygmunt Baumann) y no sujeta a la estricta disciplina de las izquierdas definidas. En una palabra, la izquierda fundamentalista sería la “izquierda” postmoderna del presente.

Si la izquierda jacobina se caracterizó por la defensa de la nación política única e indisivible, en esencia republicana, la siguiente izquierda en aparecer, la izquierda liberal, defendería lo mismo pero de manera más moderada, siguiendo tradiciones distintas. Esta izquierda, la izquierda liberal, surge en España y en la América española, durante los procesos de la Guerra de Independencia de 1808-1814. Y plasma su ideario de manera clara en la Constitución de Cádiz de 1812. Se enfrenta tanto al Antiguo Régimen como a los jacobinos, y su proyecto acaba siendo más monárquico que republicano, y su defensa del Altar la acerca a la derecha, aunque no pretendió nunca unir Altar y Trono. Serían de izquierda liberal tanto los liberales españoles gaditanos, tanto Riego como Jovellanos, como los libertadores americanos del siglo XIX (el mencionado Miranda, Bolívar, San Martín, O’ Higgins, Benito Juárez, Martí, etc.).

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Estas dos izquierdas definidas, la jacobina y la liberal, consiguen, aún fracasando, acabar para siempre con el Antiguo Régimen en Francia, España y otras naciones occidentales. Pero los problemas que trataron de resolver son ampliados, y en muchas ocasiones, sustituidos por otros. La explotación del Antiguo Régimen, velada por el credo religioso, acaba siendo ahora explícita, a ojos vista de todos: se trata de la explotación capitalista. El nuevo Estado burgués surgido de las revoluciones jacobina y liberal empieza a ser visto como un problema. Y por ello, la siguiente izquierda definida en surgir históricamente, entiende que el problema no es el Antiguo Régimen, ni el capitalismo en sí, aunque ambos lo son. Es lo que tienen en común, el Estado, el problema que hay que resolver, y su resolución ha de ser su absoluta abolición. El anarquismo surge así como la tercera izquierda políticamente definida, la única que se define respecto del Estado en el sentido negativo puro, pues busca su eliminación. Aunque el anarquismo ha tenido diversas corrientes, es el anarco-sindicalismo la corriente más políticamente definida, y la que ha tenido mayor repercusión histórica. No en vano, la mayor organización política de izquierdas de la Historia de España ha sido, hasta ahora, el sindicato anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT). El proyecto anarco-sindicalista quería abolir el Estado español (no España como nación, en su cosmovisión son algo separado) y el capitalismo e instaurar comunas autogestionadas por obreros a través de sindicatos organizados horizontalmente, donde el ateísmo (Ni Dios, ni amo), el amor libre (sin patriarcado machista) y la democracia directa (sin partidos) marcasen el rumbo de la sociedad. Su orden se dio en llamar comunismo libertario, para diferenciarse del que consideraban autoritario. Y trataron de imponerlo sin pasar por transición alguna mediante la “acción directa”, incluida el terrorismo.

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Las tres siguientes izquierdas definidas que surgen son las que nacen influidas por el pensamiento de Carlos Marx y Federico Engels, por el materialismo histórico, el marxismo. Tienen en común la toma del poder del Estado por la clase obrera y la organización social a través de dicho poder para, desde ahí, caminar al socialismo y, más tarde (aunque esto fue luego abandonado por algunas de ellas) al comunismo, la sociedad sin Estado (moderno) y sin clases sociales que seguiría la máxima de Marx: “A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”.

La primera en aparecer influida por el marxismo, y la cuarta en el cómputo histórico de Bueno, es la izquierda socialdemócrata, o socialista. La socialdemocracia trata de tomar el poder desde las propias instituciones políticas jacobinas o liberales, democráticas, mediante la organización de la clase obrera en un Partido socialista y en centrales sindicales socialdemócratas. La victoria electoral de estos Partidos ayudaría a la socialdemocracia a transformar la sociedad del capitalismo al socialismo. Sin embargo, la socialdemocracia fue la primera izquierda definida marxista en abandonar el horizonte comunista, e incluso socialista, quedando en una fuerza política defensora del Estado de bienestar, la alternancia en el poder con demócrata-cristianos y liberales y, por tanto, en el revisionismo del marxismo, al que mantuvo como referencia intelectual pero ya nunca más como pilar fundamental de su proyecto. El PSOE en España ha sido el partido histórico de la socialdemocracia. Y, si acaso, el último socialdemócrata definido que trató de llevar hasta sus máximos originales el proyecto de esta izquierda definida fue el chileno Salvador Allende.

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La segunda izquierda definida marxista, la quinta izquierda definida, es la izquierda comunista, o comunismo. Más concretamente, el marxismo-leninismo, la fuerza ideológica y política que, en la Revolución Rusa de 1917, entre febrero y octubre del calendario juliano, y con Lenin al mando, transformó el Imperio de los zares en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Es la izquierda definida detrás del impulso a los derechos para los obreros en el Mundo, del avance de la carrera espacial, de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres a nivel histórico y, desde luego, de la victoria sobre el nazifascismo en la Segunda Guerra Mundial. Su proyecto: la revolución política, la instauración de la dictadura del proletariado, y todo a través de un partido político de vanguardia que dirija, y agrupe, a la clase obrera nacional hacia el poder y la construcción del socialismo y del comunismo. Lenin y Stalin fueron sus figuras históricas más destacadas. El marxismo-leninismo fue, además de marxista, el continuador más fiel a los preceptos republicanos, raciouniversalistas e imperialistas generadores (merced a la acción exterior del Imperio Soviético) a la iquierda prístina jacobina. La identificación de Lenin con Robespierre, y de Stalin con Napoleón, que puede sin duda ser matizada, es sintomática de esta continuación del programa holizador raciouniversalista entre la primera y la quinta izquierda. La caída del Imperio Soviético en 1991, cuyas consecuencias siguen vigentes hasta hoy, ha supuesto una catástrofe absoluta para las clases de trabajadores de todas las naciones, para el movimiento comunista en particular, y para las izquierdas en general. Catástrofe grande a la que sigue otra más pequeña pero que continua ésta.

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La tercera izquierda marxista definida, y la sexta generación de las izquierdas políticamente definidas, en el cómputo de Bueno, es la izquierda asiática, el maoísmo. En lo sustancial es igual que la izquierda comunista. Pero se diferencia en dos cosas básicas: el contexto cultural en el que surge (no grecorromano y judeocristiano, sino confuciano-taoísta) y en que su proyecto no es unipartidista, sino pluripartidista, y el peso del proletariado rivaliza con la importancia que el campesinado adquiere como sujeto revolucionario principal aliado de los proletarios. Es la izquierda nacida en China, la de Mao Tse Tung (o Mao Zedong) y Deng Xiaoping. Es la izquierda capaz de combinar el proceso de acumulación burgués con un control estatal socialista del mismo. La izquierda que está convirtiendo a la República Popular China en la gran potencia económica e industrial que es hoy, pudiendo desbancar al Imperio Estadounidense de su primacía universal en los próximos años.

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Aunque Bueno no lo trató, en un artículo yo afirmé que ya habría una séptima generación de las izquierdas políticamente definidas, que bebería de elementos filosóficos tanto postmodernos como de otras izquierdas indefinidas históricamente anteriores (trotskysmo, neozapatismo, “socialismo del siglo XXI” de Heinz Dieterich, etc.) así como elementos de “derecha” en tanto que no es raciouniversalista, sino universalista irracionalista, aunque aliada de muchas izquierdas definidas, como es la Teología de la Liberación. Esta séptima izquierda sería lo que he llamado izquierda populista en este artículo: http://revistas.ucm.es/index.php/NOMA/article/view/47997/44869. El proyecto raciouniversalista de esta izquierda populista se plasmaría en su idea de un “mundo de los pueblos” multipolar o pluripolar, y armónico, y su proyecto holizador en las repúblicas bolivarianas con democracia participativa y protagónica donde se combinaría la participación ciudadana en los procesos electorales, las asambleas obreras y campesinas y las asambleas de partes anatómicas de la sociedad como serían los “pueblos indígenas” (la idea de “plurinacionalidad” sería, en este caso, étnica, incluso fraccionaria). La nación política sería un mero instrumento para llegar a la armonía entre pueblos, pudiendo ser considerado pueblo tanto la ciudadanía de la nación política (el “populus” romano) como el “tercer Estado” obrero-campesino e indígena (la “plebs”). Es la izquierda de Hugo Chavez, de El libro rojo del Partido Socialista Unido de Venezuela y del Gran Polo Patriótico, de la Alianza PAÍS de Rafael Correa en Ecuador, del neosandinismo de Daniel Ortega en Nicaragua, del Movimiento Al Socialismo de Evo Morales en Bolivia y de otros (del PRD y de Morena con Andrés Manuel López Obrador en México, del Partido Libertad y Refundación de Manuel Zelaya en Honduras, del ala izquierdista del justicialismo en la Argentina, del Frente Amplio de Tabaré Vázquez y José Mujica en Uruguay, del Partido de los Trabajadores de Luis Ignacio Lula da Silva y Dilma Roussef en Brasil, del Bloque de Izquierdas en Portgual y de la coalición Unidos Podemos en España). El proyecto populista siempre se ha desarrollado a través de coaliciones electorales más o menos disueltas entre sí, e incluso ha trascendido al mundo ameribérico, como muestra la coalición gobernante en Grecia, Syriza, con Alexis Tsipras como presidente del país.

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Sin embargo, el ciclo histórico de esta izquierda populista parece agotarse desde antes de la muerte de Hugo Chávez en 2013. Y eso que el vació que la Unión Soviética dejó, a nivel político y a nivel doctrinal, parecía llenarlo la izquierda populista. Pero su bancarrota, sus errores y su progresiva descomposición muestran que esta seguda catástrofe provoca que los huecos dejados por esta se estén llenand ahora por los argumentos de la izquierda fundamentalista, indefinida, que hacen que partidos populistas como Unidos Podemos se desdefinan, y vuelvan a la ecuación España = Franco, tan cara a nuestras izquierdas indefinidas. Por ello, las referencias teóricas actuales de lo que se llama “izquierda”, y que no es más que izquierda fundamentalista, lo que Lenin llamaría izquierdismo en su obra La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo de 1920, son el postmodernismo filosófico, el neoliberalismo sociocultural individualista (que los neofascistas y neoliberales llaman, erroneamente, “marxismo cultural”), el veganismo, el animalismo, la teoría queer, el feminismo de la diferencia (perteneciente a la tercera oleada del feminismo) que algunos llaman peyorativamente, y erroneamente, “feminazismo”, la pornofilia, la legalización de las drogas y de la prostitución, el cosmopolitismo radical y el ultrapacifismo. Así, la caída en desgracia de la izquierda populista conlleva dos cosas. Una, de cara a España, la recuperación de la Leyenda Negra como fundamento último de una izquierda sin definición política respecto de la nación española que, si fuese definida, debería disputar a la derecha y hacer suya. Y otra, respecto a Ameriberia en general, el comienzo de la puesta en cuestión, por limitado, del latinoamericanismo como proyecto político a defender, salvo que no sea como parte de un proyecto mucho mayor y de mayor trascendentalidad en cuanto a su conexión con proyectos específicos de holización política por una parte y, por otra, con modelos genéricos de racionalismo universalista conectados a una filosofía política netamente racionalista, en sustancia, materialista. Ese es el camino que se abre, ahora, en el mundo de lenguas ibéricas. Pero muchos están distraidos sin mirar a la puerta que se acaba de abrir.


¿Es la “izquierda” en España antiespañola? (I)

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Responder a esta pregunta puede parecer sencillo a priori. Para mucha gente, “izquierda” en España se reduce a la relacionada, en mayor o menor grado, con los partidos políticos autoproclamados como tales, vease el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Unidos Podemos (fusión de Podemos e Izquierda Unida más otros partidos de menor importancia), y los diversos grupos separatistas que pululan en diversas regiones y que no se identifican con el nacionalismo dominante décadas en sus regiones (Esquerra Republicana de Catalunya en Cataluña, Bildu-Amaiur y demás nombres en el País Vasco, Nación Andaluza en Andalucía, Andecha Astur en Asturias, Izquierda Castellana en las dos Castillas y Madrid, Bloque Nacionalista Galego en Galicia, etc.). Es decir, lo que desde la Transición (1973-1978), el período de transformación del régimen franquista en la monarquía democrática actual, se entiende por “izquierda” en España de manera mayoritaria, o al menos como “izquierda” oficial, la “izquierda” promovida por el propio Régimen de 1978, sí es claramente antiespañola.

¿Qué significa ser antiespañolista? La respuesta fácil es decir que se trata de rechazar el españolismo. ¿Y qué es el españolismo? Pues, para muchos, es sinónimo de nacionalismo español. Un nacionalismo que esta “izquierda” oficial identifica, única y exclusivamente, con el franquismo, con la dictadura militar de derechas surgida de la victoria del bando sublevado en la Guerra Civil española (1936-1939) y que gobernó España hasta la muerte de Franco en 1975 y que luego mutó en el régimen constitucional actual. Para esa “izquierda” oficial, el régimen actual es continuador de aquel. Y tienen razón, aunque que se les olvida señalar que al mismo tiempo que es continuador es un régimen que rompe con aquel. No hay más que leer el Título I de la Constitución de 1978, De los derechos y deberes fundamentales, para darse cuenta de lo avanzado que era el texto constitucional para la época. Un título inspirado en las constituciones centroeuropeas y nórdicas y, en parte, en la italiana, todo regímenes democráticos desarrollados en la época clásica del Estado de bienestar y del binomio socialdemocracia / democracia cristiana en la alternancia en el poder en este típo de regímenes políticos. Bien es cierto que el Título II, De la Corona, asegura la inviolabilidad jurídica de la figura del Rey (o Reina, en su caso), pero así ocurre también en otras monarquías parlamentarias de Europa occidental que, para incluso muchos separatistas, son ejemplos de países a imitar (Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo). En todo caso, para esa franja de grupos de “izquierda” oficial antiespañolista, que va del PSOE a Amaiur, de Esquerra a Podemos, del andalucismo a Pedro Sánchez, el nacionalismo español es el anatema absoluto, el mal supremo a derribar, bien para sustituirlo por el “patriotismo constitucional” de Jürgen Habermas (más presente hoy día en el Partido Popular que en el PSOE), por un federalismo o confederalismo que ni ellos mismos saben cómo definir, o abiertamente por la balcanización de España en pequeños Estados cuya soberanía limitada acabe siendo protegida y vigilada por Alemania (la Unión Europea) o los Estados Unidos de (Norte)América.

Quizás el término más adecuado para referirse a este tipo de sentimiento, o mejor dicho, de ideología, de cosmovisión del mundo, sea el de hispanofobia. Esto es, el odio, miedo o aversión a lo hispano en general y a España y lo español en particular. ¿Qué es lo hispano y qué lo español? Lo español sería la propia idea de España, su esencia (en sentido materialista, aquello que hace que algo sea lo que es en diversos contextos espacio-temporales) que es negada, y su existencia como tal, también negada en tanto está en contacto con su esencia. Por ello, en vez de idioma español se insistirá en calificarlo como idioma castellano, en vez de España o, incluso, de nación española, se hablará de Estado español (epíteto peyorativo que, en el franquismo, se usaba de manera positiva para definir el tipo de régimen instaurado por Franco; al considerar al Régimen de 1978 una clara continuación del franquismo se seguirá utilizando para describirlo, por parte de la “izquierda” oficial, el término de Estado español, que servirá, además, para definir toda la Historia de España anterior al franquismo, salvo las dos repúblicas por parte de los grupos hispanófobos aparentemente no separatistas). Se identificará a España con los peores rasgos posibles de cualquier sociedad: analfabetismo, fanatismo religioso, incultura, fiereza, brutalidad, violencia, opresión y represión de “minorías”, etc. El rechazo a España conllevará el rechazo a lo hispano. ¿Qué es lo hispano? Lo hispano es lo derivado de la Historia política, de la acción política, de España. Principalmente, se odiará la obra de España en América, África, Asia, Oceanía y Europa. Se rechazará la Toma de Granada por los Reyes Católicos por considerarlo un acto “culturicida” que impidió el progreso de España en la sociedad de las llamadas “tres culturas” (musulmanes, cristianos y judíos). Se rechazará el Descubrimiento de América en 1492, negando la condición como tal de descubrimiento, sin siquiera entender que descubrir no es solo encontrarse con algo, sino sobre todo justificar operatoriamente ese algo, mediante su cartografía, su descripción, su toponimización, etc. Se rechazarán las victorias militares, tecnológicas y científicas sobre naciones competidoras (Inglaterra, Francia, Turquía, etc.), insistiendo que los rasgos propios de esas naciones son el progreso y que los propios son lo más aborrecible del Mundo (centrando los ataques, sobre todo, en la Inquisición).

La hispanofobia, el odio a España y lo hispano, es inseparable, además, de la Leyenda Negra. ¿Qué es la Leyenda Negra? Pues es el caso de propaganda política más exitoso, por duradero, de la Historia moderna. Se define como Leyenda Negra al conjunto de ideas, textos, documentos y opiniones que, originados en los Estados del actual norte de Italia en el siglo XIV (durante la expansión de la Corona de Aragón por el Mediterráneo), y más tarde extendida gracias a la invención de la imprenta por los Estados del Sacro Imperio Romano Germánico, los Países Bajos, Inglaterra y Francia, dieron una visión de España como el mal absoluto sobre la Tierra. Un mal absoluto cuyos rasgos pueden identificarse en el párrafo anterior. El éxito de la Leyenda Negra como relato propagandístico es total porque ha sido asumido por buena parte de la sociedad española, y también por parte de buena parte de la población de las sociedades políticas de las naciones hispanoamericanas independizadas de España en el transcurso del siglo XIX. Si obviamos la otra gran Leyenda Negra de nuestro tiempo, la Leyenda Negra anticomunista y antisoviética que centra sus esfuerzos en la figura histórica de Stalin, la Leyenda Negra hispanófoba es la fuente principal, y fundamental, sobre la que descansa no solo el separatismo, y no solo la hispanofobia izquierdista, sino también el europeísmo. Cuando el filósofo español educado en Alemania, José Ortega y Gasset, dijo aquello de “España es el problema, Europa es la solución”, no estaba sino derivando la Leyenda Negra a los parámetros políticos propios del siglo XX, el de los Estados-nación soberanos aliados entre sí frente a terceros en organizaciones supraestatales de corte liberal-capitalista. La orientación europeísta de España se consolidó en el siglo pasado, en buena parte, gracias a Ortega y Gasset. Y el franquismo, por su acercamiento al Eje nazifascista, continuó esa senda, si bien por influencia falangista reivindicó una idea de “Hispanidad” más nostálgica y romántica que ya real, en la que España recuperara su esplendor imperial perdido. El acercamiento europeísta del franquismo fue continuado por el Régimen democrático actual, matizándolo con la ideología socialdemócrata que nutre, fundamentalmente, a la hispanofobia actual. Una socialdemocracia disuelta, cual sustancia viscosa, en prácticamente todos los partidos políticos españoles, sean separatistas o no, que para tratar de diferenciarse de una “derecha” tan socialdemocratizada como ella (sobre todo en materia de política exterior y de política económica) se ha internado en los meandros de la diferenciación “cultural” para probar que son otra cosa. El eurocomunismo, la socialdemocratización del PCE, yuguló el desarrollo de un leninismo patrio adaptado a la realidad concreta española, y acercó a buena parte de Izquierda Unida, la coalición eurocomunista liderada por el PCE, al PSOE en variadas y diversas ocasiones. Tras el hundimiento de la Unión Soviética en 1991, la huida hacia delante del PCE al eurocomunismo, ya iniciada en 1956 con la política de “reconciliación nacional”, tan reivindicada ahora por los defensores del Régimen de 1978, se profundizó aún más. Tras las dos legislaturas consecutivas de José María Aznar como presidente del Gobierno por el Partido Popular, la hispanofobia se reactivó en tanto que la socialdemocracia del PSOE e Izquierda Unida logró vender la idea de que Aznar era, más o menos, la continuación del franquismo por otros medios. Esto dicho independientemente de que Aznar tuviera la política que más alas dio jamás (con excepción del zapaterismo posterior) al separatismo catalanista mediante el Pacto del Majestic de 1996, por el cual Aznar gobernó de 1996 al 2000 con apoyo de la Convergencia i Uniò de Jordi Pujol, a cambio de dar más competencias a la autonomía catalana.

Tras el 11M de 2004, y los atentados que acabaron con la vida de 193 personas y con 1858 heridos, el PSOE retornó al poder, profundizando en la hispanofobia mencionada. El europeísmo socialdemócrata que cuestionaba la idea de España como nación que José Luis Rodriguez Zapatero profundizó, y del cual Pedro Sánchez es su continuación, pregnó en buena parte de la sociedad española que, huérfana de referentes partidarios tras la defenestración del PSOE de Zapatero debido a su mala gestión de la crisis económica (reforma del artículo 155 de la Constitución Española incluida), vio en el 15M de 2011 y en el Podemos de Pablo Manuel Iglesias Turrión la vía por la que esa senda zapaterista podría volver a caminar hasta la Moncloa. En la actualidad, las ideas hispanófobas en España están más fuertes que nunca, pues ya existe una generación de españoles, los menores de 30 años que, durante el 11M, estaban en el Colegio, educados en buena medida en dicha hispanofobia, la cual de manera implícita o explítica se ve como de “izquierdas”. Y si la hispanofobia está fuerte en España, España será debil de cara al exterior. Y el mundo de la geopolítica es un mundo lleno de tiburones deseando devorar a otras presas más débiles.

Lo que encontramos aquí es un breve resumen histórico de los fundamentos básicos de la hispanofobia de “izquierdas” reinante en España. No obstante, el análisis del por qué la “izquierda” es antiespañola, hispanófoba, requiere más profundidad y, por tanto, escribir más. Por tres motivos:

  1. Porque para poder entender por qué la “izquierda” española es antiespañola hay primero que definir qué entendemos por izquierda política. Pues dependiendo de la definición que demos podremos ver si dicha “izquierda” lo es.
  2. Porque partiendo de la definición anterior podremos ver que no siempre las izquierdas en España, las políticamente definidas, las fuertes, han sido hispanófobas, sino incluso todo lo contrario. Así pues nos encontramos con un fenómeno muy reciente en nuestra Historia, aunque muy asentado social y políticamente, en tanto una “izquierda” hispanófoba es un pilar fundamental que permite la recurrencia (in)estable del Régimen de 1978.
  3. Y porque, una vez diagnosticado el problema, es posible elaborar una solución. Solución que no será fácil, y que exigirá determinación, prudencia y voluntad de transformación social colectiva a un nivel trascendental para nuestra Historia. La “izquierda” en España se encuentra en un dilema de consecuencias devastadoras tanto para quienes formamos parte de ella como para la nación española en general y lo “hispano” si hablamos de un mayor recorrido. Que España tenga futuro, que haya “misión de futuro” para España depende, en gran medida, de que la “izquierda” española quiera ser española o no.

Por ello, un tema tan importante, tan trascendental, habrá de ser tratado en textos sucesivos, si bien la explicación de las raíces de la hispanofobia izquierdista en la Leyenda Negra como éxito propagandístico internacional es, sin duda, el núcleo sobre el que se ha formado el cuerpo, y se ha desarrollado el curso, del quehacer político de las izquierdas indefinidas españolas de los siglos XX y lo que llevamos del XXI. Pues la asunción de la Leyenda Negra conlleva, hoy día, a no separar la idea de España del franquismo, régimen que logró apropiarse de su idea (y de otras cosas, no en vano el carlismo y el falangismo se desdibujaron por completo respecto a sus orígenes mediante su alianza con el tradicionalismo ultracatólico y militarista que siempre caracterizó al dictador) hasta tal punto que, tras más de 40 años de su muerte, la sigue aferrando con fuerza. En parte, porque no ha habido un corte radical entre el régimen franquista y el actual. Pero en parte, también, porque el izquierdismo hispanófobo típico de España es funcional para un régimen, el de 1978, construido teniendo como ortograma, como leit motiv, entre otros rasgos, el anticomunismo.

Este es el primero de una serie de textos sobre este particular.


Sobre el término Ameriberia y su utilización para el blog clásico de Izquierda Hispánica

Esta web, http://www.armesilla.org, seguirá siendo repositorio de todo lo que haga. Retomé hace unos días el blog de Izquierda Hispánica, el clásico de wordpress, que dejé de actualizar en 2008 con más de 200.000 visitas y que retomé, sin haberlo reutilizado desde entonces ni promocionado, con más de 530.000 visitas. Un hito que obligaba a retormalo después de todo lo andado hasta ahora.

Sin embargo, aunque lo hecho por Izquierda Hispánica, como blog y como asociación, no puede dejarse aparte, pues ha sido una parte importante de mi vida y significativa de la de otras personas, y además ha ejercido su influencia en diverso ámbitos, algo innegable. Las ideas que defendimos siempre en IH tienen que seguir profundizándose y expandiéndose. No obstante, como decía, el blog de wordpress, al ser reutilizado para uso personal, y aprovechando tal nivel de visitas (la web armesilla.org tiene ya más de 256.000), el nombre más apropiado debía ser uno que sintetizara, en buena medida, las ideas que siempre hemos defendido.

Esa palabra es Ameriberia. Contracción de América (el continente físico americano donde se encuentra América Latina o Iberoamérica, llámenla como quieran) e Iberia (donde están España, Andorra, Gibraltar y Portugal). Pero también, se trata de un nombre que puede ser válido para las naciones políticas y los pueblos que hablan alguna lengua iberófona en Asia (Filipinas, Macao, Timor Oriental, las ciudades indias de Goa, Bombay ), Oceanía (Guam, la Isla de Pascua chilena, además de un total de 500.000 hispanoparlantes en el continente del Pacífico) y Asia (Ceuta, Melilla y Canarias por parte de España, Madeira por parte de Portugal, Sáhara Occidental, el Rif en Marruecos, Orán en Argelia, Cabo Verde, Guinea Bissau, Guinea Ecuatorial, Santo Tomé y Príncipe, Angola y Mozambique), en tanto que Ameriberia conecta con la iberofonía, el conjunto de personas que en el planeta hablan lenguas ibéricas, particularmente el español y el portugués, las dos únicas grandes lenguas globales mutuamente comprensibles del Planeta Tierra. El español es hoy día hablado por más de 500 millones de personas, y el portugués es la segunda lengua romance más hablada, por delante del francés, superando los 200 millones. Juntas hacen un total de más de 700 millones de iberófonos, que por demografía pueden alcanzar, a mitad de siglo, los 1000 millones. Se trata del espacio lingüístico, geopolítico, económico y sociocultural más compacto, a la vez que diverso, del mundo, con una capacidad de desarrollo e integración sin precedentes. Un espacio que, además, permite el desarrollo de nuevas formas políticas e ideológicas que en este siglo XXI y los venideros recoga las mejores tradiciones globales de lucha anticapitalista: el marxismo-leninismo y el materialismo filosófico, conjunción que puede dar lugar a un materialismo político no solo para Ameriberia, sino para toda la Humanidad.

La palabra Ameriberia fue en primer lugar utilizada oficialmente por José Manuel Zapata y Juan Francisco Padilla. Zapata, nacido en Granada en 1973, es un tenor español, y Padilla, nacido en Almería en 1975, es un guitarrista. Ambos presentaron el espectáculo musical “Ameriberia” el lunes 20 de julio de 2015, en el centro Un Teatro Entre Todos, en Laroles, Granada. En palabras de Zapata:

La palabra mezcla América e Iberia para explicar la fusión de la música de las dos orillas que hemos intentado plasmar en este concierto. Los compositores son españoles, brasileños, argentinos… Hacemos un juego entre la música popular y la música culta… No es un recital convencional; hemos querido darle una vuelta más y crear sonoridades distintas para el sitio tan maravilloso en el que se hace el concierto.

Sin embargo, en fecha indeterminada pero sin lugar a dudas anteriormente a Zapata y Padilla, mi antiguo compañero de Izquierda Hispánica, el gallego Héctor Ortega, utilizó la contracción Ameriberia para señalar y definir el proyecto de Izquierda Hispánica, antes denominado por nosotros “socialismo iberoamericano” o, según el mexicano Ismael Carvallo, “Alianza Socialista Iberoamericana”. Sin embargo, Iberoamérica todavía, quizás debido al orden de términos en la contracción, las naciones de la Península Ibérica, Portugal y España, aparecían como predominantes. Y en geopolítica, y en política en general, el orden de factores sí altera el producto. Por ello, Ameriberia es la palabra adecuada para referirse al espacio geográfico-político en el que las naciones americanas que hablan lenguas ibéricas son el elemento fundamental sobre el cual dicho espacio ha de pivotar en su (re)unificación. Y lo es en curso, en tanto que ya caminan hacia la llamada “unidad latinoamericana”, si bien todavía no contemplan (salvo Brasil, y por intereses comerciales) un mayor acercamiento a las naciones iberófonas africanas, asiáticas y oceánicas. Ni todavía están preparadas, también por culpa del europeísmo y la Leyenda Negra, de superar las limitaciones del nacionalismo latinoamericano hacia la construcción de un espacio socialista mayor. El latinoamericanismo puede ser una herramienta fundamental para la construcción de Ameriberia si en vez de tomarse Latinoamérica como un fin se entiende como un medio.

La alternativa ameribérica fue defendida, académica y políticamente, por primera vez en Salamanca, España, el 28 de julio de 2016 en una ponencia de María del Rocío Pérez Gañán (antropóloga y geógrafa nacida en Santander) y por Santiago Armesilla (licenciado en políticas y doctor en economía), ante una audiencia internacional, principalmente americana y española. La ponencia se tituló Aproximación ontológica a las dificultades en el proceso de integración iberoamericano desde las políticas, y las ideas, del desarrollo. Más información sobre la misma aquí: http://www.armesilla.org/2016/06/ceisal-2016-tiempos-posthegemonicos.html

Dicha ponencia suscitó tanto interés como perplejidad, más por la vastedad y ambición de la misma que por motivos académico-ideológicos. Sin embargo, era necesario hacer constancia de dicha alternativa, Ameriberia, como plataforma en la que construir una integración y un desarrollo socialista, de corte raciouniversalista, que parta de esa parte del mundo donde descansan los restos del naufragio de los imperios portugués y español, que ya nunca jamás volverán. Pero que, para bien o para mal, las líneas históricas que han dejado siguen presentes hoy día y seguirán actuando en el porvenir. Un porvenir que ha de ser aprovechado si no se peca de miopía política y de prejuicios ideológicos.

De Vancouver a la Antártida, y de Mahón hasta Manila. Ese es el ámbito en que nació Izquierda Hispánica, primero en España, y ahora Ameriberia, para toda la iberofonía, en la cual, además de los citados países, las naciones políticas ibéricas asumen el papel de núcleo generador, y las del continente americano la de avanzadilla, vanguardia y grueso espacio-temporal fundamental sin el cual no podría entenderse dicho espacio geográfico.


Nueva dirección del blog de Izquierda Hispánica

https://ameriberia.wordpress.com


¿Puede un fascista volverse comunista?

Actualmente en redes sociales pululan, sobre todo en twitter, un número reducido, pero considerable, de perfiles que se presentan como comunistas, marxistas-leninistas, y epítetos similares que insisten en engarzar comunismo con patriotismo. Ciertamente así es. El comunismo, como insistió Doménico Losurdo en la entrevista que le hice en Crónica Popular, solo ha triunfado en aquellas naciones donde se convirtió en una lucha nacional, de liberación nacional, o lo que es lo mismo, en donde fue patriótico (http://www.armesilla.org/2015/10/entrevista-domenico-losurdo.html). Losurdo decía así:

Para empezar debemos reflexionar acerca de cuáles son los países en los que el Partido Comunista sigue en el poder. Son países en los que el Partido Comunista ha llegado al poder después de una guerra de liberación nacional: China después de la guerra de liberación nacional contra el imperialismo japonés; lo mismo vale para Vietnam, para Cuba y para los otros países que has citado. Es decir, solo donde la causa del socialismo y del comunismo ha tenido una profunda resonancia nacional, donde efectivamente el internacionalismo ha sido profundamente nacional –esta es la tesis de Gramsci: “el internacionalismo es auténtico solo si es profundamente nacional”- los comunistas han conseguido vencer el ataque de quien quería derrocarlo del poder y conservarlo.

Si uno lee “El marxismo y la cuestión nacional” de Stalin o “Sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación” de Lenin, verá que ambos insisten que la separación de las naciones entre sí solo tiene sentido si esas naciones son colonias, esto es, naciones étnicas o incluso Estados independientes que han sigo conquistados por un imperio depredador que ha mantenido a la nación conquistada bajo un gobierno indirecto y bajo un sometimiento político-económico de esquilmación de recursos naturales y de mantenimiento de la población prácticamente en el mismo Estado en que los encontraron al conquistarlo o incluso los ha degradado. Los bolcheviques consideraban que las naciones de Asia Central, del Cáucaso, Finlandia, Polonia, del Báltico, Ucrania o Bielorrusia, eran naciones que tenían derecho a separarse del Imperio Ruso. Derecho mantenido constitucionalmente luego de la creación de la Unión Soviética. Sin embargo, la idea de nación de los bolcheviques, expresada por Stalin en la citada obra tenía que adoptar unas ciertas características que, si no se daban conjuntamente, no podría hablarse de nación en ningún caso:

a) La nación es una comunidad humana estable.
b) La nación se ha formado históricamente.
c) La nación ha surgido sobre la base de una comunidad de idioma.
d) La nación ha surgido sobre la base de una comunidad de territorio.
e) La nación ha surgido sobre la base de una comunidad de vida económica.
f) La nación ha surgido sobre la base de una comunidad de psicología colectiva.
g) La nación ha surgido sobre la base de una comunidad de cultura.

Lenin y Stalin insistían que la separación solo tenía sentido para las colonias en tanto que entendían que las partes formales del Imperio Ruso antes mencionadas eran colonias de los granrrusos. Colonias transformadas por los bolcheviques en Repúblicas Socialistas Soviéticas, parte del Imperio Ruso transformado ahora en la URSS. Y lo que valía para Rusia no podía valer para las naciones de Europa occidental, incluida España, salvo para la excepción irlandesa en tanto que nación conquistada por los ingleses con una religión distinta y una historia particular, caracterizada en la edad contemporánea por el surtido de mano de obrar proletaria irlandesa en gran masa al imperio colonial británico. Esta perspectiva sobre la nación de los bolcheviques se oponía tanto a la idea de autonomiá cultural-nacional del austromarxismo de Otto Bauer (que tanto ha influido en las izquierdas españolas) y del bundismo, el marxismo judío separatista y autonomista de Isaac Rubin y otros.

Sin embargo, la idea de nación de Stalin, con sus siete características unidas, podría ser válida, dependiendo del fondo filosófico que se tenga, tanto para la nación española como para una región concreta con su dialécto o lengua particular. Gustavo Bueno trató de resolver el problema con su obra de 1999 “España frente a Europa”, en la cual profundizaba, aún críticamente, en los argumentos de Lenin y Stalin sobre la nación y sobre el imperialismo. En la parte de la nación estableció la siguiente distinción conceptual que, a nivel histórico, se ha desarrollado en torno a la palabra nación, término de origen medieval:

1) Nación biológica, el primer concepto de nación históricamente surgido en la Alta Edad Media, y que hacía referencia tanto a las partes formales y materiales del cuerpo del sujeto que habían “nacido” de sí mismo (“la nación de los dientes”) como a la familia directa (los hijos, la madre, el padre, etc.). De esta nación biológica evolucionarían los tres restantes.
2) Nación étnica, el segundo concepto de nación, que hace referencia al grupo social más o menos homogéneo en el que familias similares, clanes y tribus conviven entre sí. La definición de Otto Bauer, pero también la de Stalin, coinciden con esta definición de nación. Y también la definición del bundismo. El romanticismo alemán toma su idea de nación de aquí.
3) Nación política, el tercer concepto de nación, que refiere al Estado-nación surgido con las revoluciones estadounidense de Independencia y con la Revolución Francesa, así como con la Constitución de Cádiz de 1812. Las naciones étnicas, las clases sociales y otros grupos humanos son holizados dentro de un territorio único donde un Estado, antes feudal o absolutista, se convierte en Estado nacional. Los súbditos se convierten en ciudadanos, con los mismos derechos y deberes, y aparece la igualdad ante la Ley. La Unión Soviética transforma la idea de nación étnica de Stalin en nación política mediante la escritura de sus propias Constituciones.
4) Nación fraccionaria, el cuarto concepto de nación. Hace referencia a la parte formal de una nación política que, al afirmarse (en todo o en parte) a sí misma como nación, trata de romper la nación política de la que forma parte. Es el concepto de nación que defenderían todos los movimientos separatistas del planeta. Su objetivo, construir su propio Estado-nación, bien basado en elementos étnicos, lingüisticos, religiosos o económicos, o una mezcla de todos ellos.

Como vemos, Bueno enmienda a Stalin a nivel teórico porque la propia historia de la Unión Soviética enmendó las ideas de Lenin y Stalin antes preestablecidas. Y precisamente, esta enmienda histórica es absolutamente dialéctica, pues la praxis ha de permitir modificar la teoría. Y si esta teoría no es capaz de corregir sus propios errores, entonces la teoría no es dialéctica, ni materialista, ni revolucionaria.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con los perfiles en twitter que se afirman comunistas y que, en su mayoría, o son de gente que proviene del tercerposicionismo y lo ha abandonado, o trata de abandonarlo, hacia la izquierda, o bien son de tercerposicionistas confesos que buscan acercar a sus ascuas a comunistas que sí han leído bien a Lenin y a Stalin, pero no han leído a Bueno o no han profundizado en sus conocimientos de la dialéctica materialista?

Tiene que ver en tanto que es positiva dicha evolución en tanto que el patriotismo comunista es mucho más sano que el fascista, que es nocivo y depredador. Pero dicha evolución no puede ser positiva del todo su un ex-fascista no empieza a conocer los rudimentos de la dialéctica materialista. No basta con ser ateo, como lo fue Mussolini, para conocer esta dialéctica. Y puede que el ex-fascista que ha abrazado el comunismo se quede en una mera militancia de base en su nueva organización, si es que milita en alguna, pues puede ahora no militar en nada. Yo, que nunca he sido de derechas ni fascista, entiendo que conocer esta dialéctica, conocer este materialismo filosófico, no solo permite al ex-fascista, ahora comunista, dejar de ser un mero militante comunista de base con un sentimiento patriótico sano. Sin embargo, los dejes fascistas continuarán presentes si no hay un corte total con ellos que solo puede producirse por el conocimiento de la dialéctica materialista y su asimilación completa por el nuevo militante. De lo contrario, o bien queda en un mero clon de Jorge Verstrynge, o bien acaba en la izquierda socialdemócrata como les pasó a muchos falangistas en el siglo pasado.

Hace tiempo escribí un tweet que provocó una polvareda sobre todo entre fascistas, que se vieron insultados: “El fascismo no es más que una socialdemocracia de derechas”. El sentido del tweet tiene que ver con el desconocimiento de la dialéctica materialista y sus fundamentos, enseñados por Marx, Engels, Lenin, Stalin y Bueno. Fascismo y socialdemocracia tienen una cosa en común a nivel de dialéctica de clases: su armonismo. Un armonismo que entiende que los conflictos sociales de clase en una sociedad política pueden solucionarse para siempre mediante una organización social corporativa y vertical, que “armonizaría”, o incluso acabaría, con la lucha de clases. En este sentido, el fascismo demuestra su ingenuidad política, compartida con la socialdemocracia y todas las ideologías que defienden el Rechtstaat (Estado de derecho), también armonista. Toda ideología armonista es políticamente peligrosa para la estabilidad recurrente de la nación política, del Estado. Pues conflicto va a existir siempre, y solo cabe gestionarlo desde el poder político, como hacen el liberalismo o el comunismo con su idea de dictadura del proletariado. Claro que el armoniso llegó a la URSS con Krushev.

En lo que respecta a la dialéctica de Estados, el fascismo no es armonista, sino imperialista depredador. El nacionalsocialismo pensaba en el esclavismo, y su componente racista impedía su universalismo. Querían convertir a Rusia, hasta Siberia, en un protectorado parecido al que el Imperio Británico tenía en la India. Por su parte, el fascismo italiano pretendía “reconstruir” el Imperio Romano pero en clave colonial. Y el nacionalsindicalismo de José Antonio Primo de Rivera pretendía conectar la idea de Hispanidad de Ramiro de Maeztu con el europeísmo nazi (tardíamente, pues en origen el catolicismo como pilar fundamental del nacionalsindicalismo lo alejaría de toda perspectiva racista o racialista, algo que sin embargo quedó en entredicho tras la muerte de José Antonio y de Ledesma, con la victoria franquista en la Guerra Civil y el acercamiento al Eje Roma-Berlín-Tokyo en la política exterior española que dirigió Serrano Suñer, que implicó, entre otras cosas, tanto el cambio de hora de España para tener la misma que Alemania, como el progresivo acercamiento a la unidad de Europa, cosa que se mantiene hasta hoy). La dialéctica del materialismo filosófico marxista-leninista es inseparable del racionalismo universalista, totalmente ausente en el tercerposicionismo de todo tipo.

Asímismo, hay que hacer notar que la idea de autonomía cultural-nacional de Otto Bauer tuvo una influencia muy importante en José Antonio. No así en Ramiro Ledesma, que era más consciente, siguiendo a Mussolini, del peso del Estado-nación en la política (no en vano, Mussolini era admirador de Simón Bolivar). Pues, influido por Bauer, José Antonio formuló su idea de España como “unidad de destino en lo universal”. Sin duda, esta es la más absurda de las definiciones que sobre España, o sobre cualquier nación, jamás han podido realizarse. Es tan poética como ridícula. Pues “unidad de destino en lo universal” es toda totalidad en el Universo cuya finalidad, o cuya teleología, puede ser determinada. La Vía Láctea es una unidad de destino en lo Universal, pues se sabe que su destino es chocar, y fusionarse, con la galaxia de Andrómeda. Y cualquier objeto lanzado por un ser humano en cualquier dirección (una lanza, una piedra, una bola de papel en un aula) es, también, una unidad de destino en lo Universal. La estúpida frase de José Antonio vale tanto para España, como para Cataluña, La Rioja o un lapo.

En definitiva, ¿puede un fascista convertirse en comunista? Solo en tanto que asuma la dialéctica materialista como herramienta analítica de la realidad, lo que implica asumir el materialismo filosófico marxista-leninista, rechazar el armonismo, asumir la dialéctica de clases y de Estados como motor real de la Historia y asumir, también, el racionalismo universalista, válido para cualquier sujeto operatorio, podrá dejar de serlo. De lo contrario, o bien acaba en un patriotismo sano, no depredador, pero no comunista, o bien acabará en otra ideología armonista, posiblemente la socialdemocracia o el izquierdismo indefinido, o vay usted a saber en qué. Lo curioso, e interesante de la cuestión, es que el número de fascistas que, en la Historia, han acabado siendo comunistas, es tan reducido que parece practicamente improbable una conversión total de una ideología a otra.